Muchas veces la sociedad nos presiona para hacer planes de 3, 5 e incluso 10 años sobre cómo esperamos que se desarrolle nuestra vida.
Cuando somos niños, normalmente planeamos lo siguiente:
• A los 21, me graduaré de la universidad.
• A los 22, tendré el trabajo de mis sueños.
• A los 24, me casaré y tendré mi primer hijo.
• A los 30, estaré en la cima de mi carrera
• A los 50, tendré mi primer nieto.
• A los 55, me jubilaré.
Estos objetivos parecen ideales y realistas, pero ¿qué sucede cuando no dan resultado? Muchas veces pasamos tanto tiempo planificando, que antes de darnos cuenta, tenemos 25 años y la mitad de la lista no se ha completado.
Es genial diseñar una estrategia para tu futuro, establecer metas y alcanzarlas. Sin embargo, solo porque pensamos que debemos lograrlo dentro de cierto tiempo, no significa que sea el tiempo de Dios para que lo hagamos.
Para entender esto, debemos fijarnos en Proverbios 16:9 NTV, que dice: «Podemos hacer nuestros planes, pero el Señor determina nuestros pasos».
Entonces, podrías estar pensando: «¿estoy perdiendo el tiempo al planear?» La respuesta es no.
Crear un plan a largo plazo puede ser beneficioso para nuestro desarrollo personal y profesional, y definitivamente se te anima a hacerlo.
No obstante, es importante tener en cuenta, que si algo no sale de acuerdo con el plan, no debemos desanimarnos y pensar: «Nada sale como yo quiero».
Como humanos, somos impulsivos y rápidos para aprovechar oportunidades. ¿Cómo no podríamos serlo? Nuestra sociedad nos presiona para ser «emprendedores» no solo en nuestro trabajo sino también en nuestras relaciones. Estas etiquetas marcan las oportunidades perdidas y las rupturas como rechazos y fracasos, en lugar de experiencias de aprendizaje y pasos en una dirección diferente.
En lugar de sentirnos decepcionados de nosotros mismos, debemos tomar un respiro y darnos cuenta de que tal vez nos estábamos saltando los pasos que Dios había establecido para nosotros. Es más fácil decirlo que hacerlo, así que aquí te comparto algunas frases para tener en cuenta:
• ¿Qué aprendí de esta experiencia?
• ¿Cómo puedo crecer a partir de esta situación?
• ¿Qué otras oportunidades podrían abrirse?
Lo más importante es que, mientras nos hacemos estas preguntas, debemos mantener en mente que trabajamos bajo el tiempo de Dios. Cuando algo no sale según el plan y sientes que el mundo te empuja al pozo del fracaso, está bien caer de rodillas bajo la presión. Mientras estés allí, puedes orar al Señor. Agradécele por la oportunidad de aprender y pídele la fuerza para ponerte de pie y que te muestre los pasos que ha establecido para ti. Una vez que estés nuevamente de pie, es momento de continuar tu viaje hacia las recompensas y bendiciones que Él ya ha determinado.