Los reflejos tienen un concepto interesante. Cuando nos miramos al espejo, no estamos viendo un clon, gemelo o fotocopia de nosotros mismos. En cambio, vemos un reflejo; ondas de luz que rebotan en nosotros desde el espejo. La imagen está compuesta por partículas de luz que transmiten colores y texturas, formando nuestra apariencia. Cuando miramos dentro de un estanque, una pieza de metal o cualquier otra superficie reflectante, nos vemos a nosotros mismos, pero generalmente con menos claridad. Algunos espejos incluso están diseñados para magnificar o reducir nuestros, distorsionando la imagen reflejada hacia nosotros, creando una falsa sensación de realidad.
Los reflejos nos dan una idea de quiénes somos y se ven en mucho más que un espejo o una superficie similar a un cristal. Los reflejos se pueden ver en el mundo que nos rodea, en aquellos que forman nuestro círculo íntimo, incluso nuestras familias tienen una influencia tan impactante en quiénes somos y lo que, por lo tanto, reflejamos a lo largo de nuestras vidas. El momento doloroso llega cuando miramos fijamente el rostro de uno de estos reflejos y vemos a nuestro propio carácter defectuoso mirándonos. Puede ser una madre, un padre, un hermano, un cónyuge, un mejor amigo o incluso un hijo.
Se ha dicho que las características que no nos gustan de otra persona suelen ser las mismas que exhibimos. Darnos cuenta de ello, causa un conflicto dentro de nosotros a medida que nuestro reflejo se distorsiona. Medimos todo por la ley del amor que nos ha sido dada en la Palabra de Dios.
Sin embargo, no cumplimos con esta ley simplemente por el mero hecho de que somos humanos, propensos a cometer errores, propensos a perder el blanco y obviamente necesitamos un Salvador. Por eso vino Jesús. Y aunque somos redimidos por la sangre de Cristo, nuevas criaturas en Él y completamente renovados en nuestro espíritu, es posible que no siempre veamos el reflejo del carácter de Dios en nuestras vidas.
Somos un producto de nuestro entorno y hay ciertas cosas de las que no podemos escapar. No podemos cambiar la familia en la que nacimos, la cultura de la que somos parte o las experiencias que ya hemos tenido aquí en esta tierra. Sin embargo, podemos cambiar la forma en que respondemos a estos entornos y experiencias con la ayuda del Espíritu Santo. Por tanto, es posible reflejar nuestra identidad como hijos de Dios.
Se necesita un proceso para cambiar nuestro reflejo porque requiere que cambiemos nuestra perspectiva. Romanos 12:2 (TLA) dice: “Y no vivan ya como vive todo el mundo. Al contrario, cambien de manera de ser y de pensar. Así podrán saber qué es lo que Dios quiere, es decir, todo lo que es bueno, agradable y perfecto.” Cuanto más renovemos nuestra mente a la Palabra de Dios, más se alineará nuestro reflejo con lo que Dios diseñó para que seamos. Como resultado, comenzamos a emitir la imagen de una presencia digna de ser reflejada, ya que Dios mismo se refleja en nuestras vidas.
Eduardo Noel Camey Calito
septiembre 23, 2021Perfecto, ya me hacia falta leer algo tan agradable y real que me ayudará a llevar mi pensamiento cautivo a la obediencia de Dios para poder reflejar en otras personas el amor de Dios.