La identidad nos diferencia de otras personas, nos da rasgos y características que nos identifican, ya sea individualmente o en comunidad. Sabemos quiénes somos, gracias a que adoptamos una identidad propia a lo largo de nuestra existencia. Con suerte esa identidad nos da una personalidad positiva en una comunidad o nos etiqueta negativamente en la sociedad. Cuando hemos deambulado por diferentes caminos sin la guía correcta, se dice que podemos perderla y tener una crisis de identidad, desconociendo quienes somos realmente o quien queremos ser por imitar o escuchar voces negativas, pero atractivas, que nos llevan a empatizar con el grupo equivocado, perdiendo nuestra conexión con Dios.
Existe una idea equivocada entre a lo que me dedico y quien soy en Cristo, claro, debe ir muy de la mano porque, por sentido común, no puedo dedicarme a la iglesia si afuera soy una persona que se dedica a robar, pero en un escenario congruente digamos que quien yo soy no está amarrado a lo que hago. Para ser más clara, yo debo estar firme y segura de quien soy en Cristo y aquí en la tierra me puedo dedicar a una profesión honrada que da provisión, pero mundana al fin. Si una ama de casa sabe quién es ella en Cristo no se va a cuestionar su identidad personal por no tener un trabajo corporativo o artístico con muchas cifras de pago al año, eso no la define en una escala de valor en Cristo, ambas profesiones son diferentes pero loables por igual, porque el valor espiritual de cualquier ser humano no se determina por lo que hace sino por quien es en Cristo Jesús.
Muchas veces nos podemos preguntar: ¿quién soy yo en Cristo? La verdadera identidad la vas a encontrar en quien quieres ser para Él. Te identificas con Cristo Jesús y sus caminos, sus enseñanzas y su prédica. Pertenecemos a Dios desde que lo identificamos y afirmamos como nuestro único Señor y Salvador, y ahí es donde nuestra identidad habita en Él.
Mi identidad en Cristo Jesús la encuentro al estar ligada a Él, conocerme y aceptarme desde Él, con ese privilegio de ser amada eterna e incondicionalmente para poder alcanzar esa imagen y semejanza con la que Dios me creó.
“Fue así como Dios creó al ser humano tal y como es Dios. Lo creó a su semejanza. Creó al hombre y a la mujer…” (Génesis 1:27 TLA)
Para alcanzar ese nivel, lo primero y lo más necesario es ponerse a los pies del Señor en una actitud de arrepentimiento sincero para poder purificar nuestro ser, con un corazón atribulado no podemos ver más allá de nuestro limitado entendimiento. Debemos abandonar todo lo que nos aleja de Dios y que no le agrada, y sí, hasta nuestras insatisfacciones que no le contamos a nadie para luego iniciar un diálogo con Él, en una apertura y entrega total. Sólo así, Él podrá restaurar nuestra vida y cerrarnos cualquier grieta espiritual.
“Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas. No seas sabio en tu propia opinión; más bien, teme al Señor y huye del mal. Esto infundirá salud a tu cuerpo y fortalecerá tu ser.” (Proverbios 3:5-8 NVI)
Con una identidad en Dios sólida, y reconociendo su amor infinito y que por ese amor mis pecados fueron redimidos en el momento que Cristo murió en la cruz; que su sangre sigue limpiando mi alma continuamente y testificando que resucitó entre los muertos, aspiraré confiadamente en que podré dejar entrar a Cristo Jesús en un corazón restaurado y digno de su presencia, para recibir el propósito de Dios en mí.
“Dios amó tanto a la gente de este mundo, que me entregó a mí, que soy su único Hijo, para que todo el que crea en mí no muera, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16 TLA)
“Por la muerte de Cristo en la cruz, Dios perdonó nuestros pecados y nos liberó de toda culpa. Esto lo hizo por su inmenso amor. Por su gran sabiduría y conocimiento…” (Efesios 1:7-8 TLA)
“Ahora que estamos unidos a Cristo, somos una nueva creación. Dios ya no tiene en cuenta nuestra antigua manera de vivir, sino que nos ha hecho comenzar una vida nueva. Y todo esto viene de Dios. Antes éramos sus enemigos, pero ahora, por medio de Cristo, hemos llegado a ser sus amigos, y nos ha encargado que anunciemos a todo el mundo esta buena noticia: Por medio de Cristo, Dios perdona los pecados y hace las paces con todos.” (2 Corintios 5:17-19 TLA)
Por lo tanto, sirvo a un Dios todopoderoso, Él me reconoce como su hija, su amor por mí es inmenso y suficiente. Luego de redefinir mi identidad en Él, seré paciente e intencional en esa espera, para cuando el Espíritu Santo habite en mi ser, me encuentre ocupada adorando y viviendo bajo la voluntad, ¡del único altísimo Dios en mi vida!