“Porque este hijo mío estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado.” Así que empezaron a hacer fiesta.” (Lucas 15:24 NVI)
Como en una película de Hollywood nos vamos a imaginar qué pasaría al día siguiente de esa gran fiesta donde hubo una deliciosa comida, invitados, calor de hogar, cómo los sirvientes iban y venían con grandes platos de comida pasando entre la gente entre risas y celebración. Cómo este muchacho cansado se despierta en su cuarto, lo que le toma unos segundos es reconocer el entorno donde está, el delicado aroma a sábanas limpias, el cálido sol que entra por su ventana y la deliciosa comodidad que siente al moverse y sentirse en una cama que le impide levantarse de una vez. Se gira sobre su costado y se da cuenta que tiene agua fresca y ropa limpia a un lado. A pesar de que todavía está débil y cansado, se siente reconfortado e inmediatamente percibe la calidez de su hogar, siente la pertenencia de estar ahí y empieza a olvidar esos días de sufrimiento, hambre y dolor al estar lejos, perdido y abrumado: ¡se siente seguro!
¡Rápidamente se levanta y piensa emocionado que ahora tiene un propósito! Se da cuenta que Dios le ha dado una segunda oportunidad al permitir el perdón de su padre. Al abrir las puertas de su cuarto poco a poco se va encontrando con la rutina de una casa con el movimiento normal de una mañana atareada pero que ahora él ve con mucha ilusión dispuesto a echar manos a la obra para ser merecedor de esa manifestación de perdón y misericordia, con todo y que tiene que ir a enmendar cuentas con su hermano mayor también. ¡El olor a café y los sonidos de un desayuno en proceso redoblan su energía para sentirse más que dichoso! No puede dejar de sentirse agradecido y con un corazón ensanchado.
El guión puede seguir y cada uno nos lo podemos seguir imaginando como queramos. El camino de regreso al Señor no debe estar alejado de esta maravillosa parábola que Jesús nos relató. El regreso al Señor es una decisión de un instante, aunque nos tome años tomarla, pero una vez llega es sólo sentir ese chispazo en el corazón que nos impulsa a dejar el fango, el hambre y el dolor de estar lejos y regresar a casa con el arrepentimiento por delante que nos hace pedir perdón. En ese momento no sabemos si nos van a recibir de nuevo, sentimos miedo proyectado por las mismas dudas que nos alejaron y por la incredulidad de una misericordia universal, pero aun así ya tomamos la decisión y con todo y nuestras dudas ya no hay marcha atrás.
“Si te vuelves al Todopoderoso y alejas de tu casa la maldad, serás del todo restaurado.” (Job 22:23 NVI)
Esa hambre de conocimiento, discernimiento nos va guiando como aprender a regar esa semilla que una vez Dios nos sembró al crearnos en la eternidad. Nos damos la vuelta en la cama y nos damos cuenta que esa agua fresca es Su Palabra que nos hidrata a cada momento y no podemos parar de beberla.
En mi caso, aun en el inicio de mi camino de regreso alguien me dijo: “Dios sabe cómo le va a ir permitiendo el conocimiento” y sí! ¡Él va permitiendo cómo nuestros ojos se van graduando como unos binoculares que al girar la rueda de enfoque de pronto vemos todo tan cerca y tan claro como nunca! Y esto es porque antes estando en el lado oscuro de nuestra vida tal vez no era el tiempo, no era el lugar y nuestro espíritu no veía un mensaje porque no lo íbamos a poder entender. Ahora que veo hacia atrás, veo las huellas de Jesús a lo largo de mis episodios, yo soy la que está de regreso porque Él siempre estuvo ahí, observándome, amándome y esperándome tan sabio, paciente y misericordioso, perdonándome cada vez que me veía negando conocerlo, como Pedro temeroso y desobediente.
“Rásguense el corazón y no las vestiduras. Vuélvanse al Señor su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y lleno de amor, cambia de parecer y no castiga.” (Joel 2:13 NVI)
Estar “de regreso” encierra muchas cosas en mi vida, desconozco si estoy por primera vez o de regreso, pero como sea, sé que nunca había estado tan segura y consciente de las bendiciones que Cristo Señor representa en mi vida terrenal. Que Dios es un Dios Padre de procesos, y tales procesos los tengo que pasar o no crezco, o no soy merecedora del conocimiento adquirido y que muchas veces me vi tan inmadura gritando para arriba exigiendo abundancias mundanas, pero jamás me ví pidiendo con humildad la llenura del Espíritu. ¿Cómo pretendía recibir al Espíritu Santo con ese corazón tan poco preparado, tan vacío y débil? Igual no sabía cómo. Ahora entiendo que los logros o los fracasos se ven manejables y que los puedo enfrentar porque hay una fuerza más allá que me mantiene entre los altos y bajos de la vida que es mi identidad en Cristo. El “estar de regreso” no fue por algo que haya recibido antes y por eso regresé, es una decisión desinteresada y desprendida materialmente, el regresar al amor de Cristo es entender sus maneras, es aprender su caminar a la manera que Él nos enseñó, entendiendo su Palabra y acudiendo a ella en cada paso que doy porque ahí está la conversación de dos vías que debemos aprender a tener para conocer a un Padre amoroso y entender qué espera de mí. Todo lo demás viene solo y también se aprende a recibir con el mismo amor con el que se nos da.
El amor descomunal de Dios en mi vida me da la energía que necesito para honrarlo y alabarlo todos los días que Él decida mi proceso en la tierra.
¡Pues como el hijo pródigo me levanté sintiendo aromas a un hogar limpio y bendecido y ahora me siento segura, en paz y con ganas de ponerme manos a la obra siempre en el nombre de Jesús! Amén.
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” (Ezequiel 36:26-27 RVR1960)