A veces pasamos por situaciones difíciles y cuestionamos a Dios: ¿Por qué yo? ¿Por qué permitiste esto? ¿Por qué estoy pasando por esto?
Pero, creo que muchas de las situaciones que vivimos, son por nuestras propias decisiones y no son culpa de Dios. Sin embargo, como seres humanos, la mayoría de las veces no meditamos y reconocemos nuestra responsabilidad y culpamos a Dios, y sólo queremos que Dios nos saque de allí, oramos para que “lo antes posible, resuelva eso que permitió que pasara”. Es cierto, en este mundo hay aflicción, y hay situaciones que sobrepasan nuestro control. Pero en muchas otras ocasiones, derivado del libre albedrío, bastantes de ellas son efecto de lo que decidimos hacer o no hacer. Si tienes algún problema de salud, te has preguntado (y sensatamente contestado): ¿Me alimento bien? ¿Hago ejercicio regularmente? ¿Duermo las horas que corresponden? ¿Cuido mi salud mental, espiritual y física? ¿Me hago chequeos regularmente? Si estás atravesando por una crisis financiera has analizado: ¿He sido responsable con mis finanzas? ¿He seguido los principios bíblicos para el manejo del dinero? ¿He sido paciente para obtener mis bienes y no me he endeudado? ¿Estoy haciéndome financieramente responsable de alguien, a quien no me corresponde? ¿Tengo gastos innecesarios que debo eliminar? ¿Me he tomado el tiempo para aprender a manejar mis finanzas? ¿Estoy haciendo los sacrificios necesarios para enderezar mis finanzas? Si estás atravesando una crisis en tu relación, te has cuestionado: ¿He hecho a Dios parte de mi relación?
Estoy honrando y respetando a mi pareja? ¿He pedido perdón y he perdonado? ¿Estoy intentando resolver la situación o estoy huyendo de ella? Si estás atravesando por estrés, ansiedad, preocupación, depresión, debemos analizar: ¿he pedido ayuda? ¿He realizado actividades para mejorar mi bienestar mental? ¿He sido intencional en sanar mi interior? ¿Escucho y leo cosas edificantes? ¿Administro mi tiempo de la mejor manera? ¿Dejo de asumir responsabilidades que no me corresponden?
Creo que la pregunta más importante, independientemente de la situación en que nos encontremos es: ¿Estoy realmente haciendo lo que me corresponde, con consistencia?
Dios nunca hará lo que nos corresponde hacer a nosotros. Muchas veces los problemas se resuelven, sólo con accionar como corresponde. Otras veces, corresponde esperar y ser pacientes, pero con la tranquilidad y certeza, que hemos hecho lo que nos correspondía, y con la fe de que Dios obrará.
La buena noticia es que cada día es una oportunidad para tomar una buena decisión. Nunca es tarde para accionar para nuestro bien. Dios en su misericordia, siempre nos da una oportunidad para volver a empezar y en su infinita gracia, nos ayuda en nuestros procesos.
“pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13 NVI)