Las emociones fueron puestas en cada uno de los seres humanos con un propósito, podemos encontrarlas en cuatro grandes denominaciones: ira, tristeza, miedo y alegría; y sí, existen la mezcla de estas que incluyen la nostalgia como una mezcla de tristeza y alegría, o bien el odio como una mezcla de enojo y miedo. El fin de nuestras emociones es que podamos experimentar, sentir y estar alertas de nuestro entorno, el cual es incierto.
Dominarlas es todo un reto y se requiere de mucha fuerza de voluntad para no dejarnos controlar por ellas. Como dijo el apóstol Pablo, nos encontramos haciendo el mal que no queremos y no entendemos por qué no hacemos lo que queremos sino lo que en realidad aborrecemos (Romanos 15:15).
Cuántas veces nos hemos preguntado, “¿por qué dije eso que no quería?”, “¿por qué hice eso sino era lo correcto?”, y la respuesta es: nos hemos dejado llevar por esa tristeza, por ese enojo, por ese miedo o por esa alegría (o bien la mezcla de estas).
Las emociones nos dotan de oportunidades múltiples para sentir, y asimismo nos permiten sentir el gozo que viene de Nuestro Padre, así que tampoco significan que son algo malo dentro de mí.
Aceptemos cada emoción porque nos permite reflexionar, nos permite encontrar respuestas y también a conocer nuestras propias debilidades y fortalezas. Sin embargo, demos gracias a Dios que en Él podemos encontrar solución, esta solución es: entreguémoslas en oración.
Permitamos que el Espíritu Santo tome control sobre esa naturaleza que habita en nosotros, controle nuestra mente y nos permita reconocerlas para evitar que intervengan en mis pensamientos y acciones. Al hacerlo encontraremos paz y vida, al escoger qué tipo de pensamientos voy a alimentar y cuales desechar.
Oremos cada día para que nuestras emociones sean guiadas por Nuestro Padre, que nos permita sentir su paz y gozo, pero sobre todo que nos haga conducirnos de acuerdo a su voluntad y no a la nuestra.