Recuerdo que cuando era niña tenía dos fechas especiales que me gustaban mucho, mi cumpleaños y navidad. Eran las dos ocasiones cuando recibía regalos. Mi mamá no tenía mucho dinero para darme regalos caros, pero gracias a su esfuerzo recibí mi pelota de voleibol y la muñeca de pelo largo que me gustaba mucho peinar.
En la medida que vamos creciendo los regalos que queremos se vuelven más especiales, ya no se los pedimos a papá o a mamá. El carro o la casa que queremos; esas vacaciones tan soñadas, un trabajo bien remunerado, la familia que queremos tener o la profesión que deseamos alcanzar. Creemos que todo esto ahora es resultado de nuestro esfuerzo, de nuestro propio trabajo o de la calidad de persona en la que nos hemos convertido.
“Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los edificadores” Salmo 127:1
Podemos esforzarnos, trabajar arduamente o ser los mejores profesionales pero si no reconocemos quién es nuestro proveedor, de dónde vienen nuestros regalos y todas las bendiciones que recibimos, corremos el peligro de poner nuestra mirada en nuestro propio esfuerzo.
Dice Romanos 11:36 “Porque de Él, y por Él y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén.”
No es por nuestro propio esfuerzo, es porque a Dios le ha complacido darnos todos esos regalos. Tanto lo tangible como lo intangible. Dones, talentos, habilidades, salud, relaciones personales y la paz que podemos experimentar en medio de las tribulaciones.
Leemos en Santiago 1:17 “Toda buena dádiva y todo don perfecto, desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”
Mantengamos esto presente dando gracias, obedeciendo Su Palabra y entregando todo a Él, porque dando honor y gloria a Dios es como agradecemos y alegraremos Su corazón y como un padre amoroso se complacerá en darnos sobre abundantemente para nuestro beneficio y para bendecir a otros.
Dios te sorprenda más allá de tus expectativas.